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Jesús, el Verbo de Dios (Juan 1:1)

Por: Hno. Guillermo Palestina

 


En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

                                                                                                    Juan 1:1.

Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ λόγος, καὶ ὁ λόγος ἦν πρὸς τὸν θεόν, καὶ θεὸς ἦν ὁ λόγος.

 

El texto bíblico es algo sumamente maravilloso, pues permite que simples letras tomen forma, sentido y vida espiritual relevante. Tal es su poder, que puede tocar el corazón de los seres humanos e influir positivamente en ellos, transformándolos a favor de Dios y de su voluntad suprema.

Específicamente el Evangelio de Juan —el más tardíamente escrito (alrededor del año 90 d.C.)— surge con un conocimiento previo del contenido de los evangelios sinópticos. Juan escribe tras haber meditado durante décadas la experiencia mesiánica que vivió en carne propia, hace ya más de cincuenta años, pero que sigue siendo tan vigente como si hubiese ocurrido ayer.

Además, Juan es un conocedor profundo de la doctrina cristiana, y demuestra una sensibilidad especial hacia los temas que comienzan a surgir en la Iglesia primitiva, particularmente en torno a la cristología. En medio de este contexto, e inspirado por el Espíritu Santo de Dios, Juan emprende la redacción de su evangelio, iniciándolo con un verso de una profundidad teológica extraordinaria.

La expresión "En el principio", con la que inicia el evangelio de Juan, alude de forma intencional y directa a Génesis 1:1. Sin embargo, la intención de Juan va más allá de una simple referencia temporal, al declarar que “el Verbo estaba en el principio”, el apóstol está estableciendo la preexistencia eterna del Logos. Es decir, está afirmando que el Verbo (el Hijo) existía antes de la creación misma, de hecho, en la eternidad pasada, y con esto apuntado a su naturaleza divina.

El uso del término griego "Logos" (λόγος) —traducido como "Verbo"— es profundamente intencional. Es notable que solo Juan lo utiliza en referencia al Mesías en el Evangelio según Juan 1:1, 14 y Apocalipsis 19:13. Este uso no es casual, sino parte de una expresión teológica más sofisticada, pues Juan quiere establecer la cristología de Jesús sobre una base comprensible tanto para el mundo judío como helenístico.

Por un lado, el Logos en la filosofía griega (especialmente en Heráclito, los estoicos y Filón de Alejandría) representaba la razón divina, el principio organizador del cosmos. Por otro lado, en la tradición judía, especialmente en el Targum arameo y la literatura rabínica, utiliza el concepto de la "Memrá" (מֵימְרָא) —la Palabra de Dios personificada que actúa en la creación, la revelación y la redención. Así, Juan establece un puente entre el pensamiento judío y el griego, revelando que el Logos es más que un principio abstracto, sino que realmente tiene una identidad divina en el Mesías.

Cuando Juan afirma que el Verbo “estaba con Dios”, está estableciendo una distinción personal dentro de la unidad divina. La preposición griega utilizada aquí, con (πρός), implica una relación íntima, cara a cara, una comunión activa y cercana. Esto sugiere que el Verbo no solo existía en la eternidad, sino que tenía una relación de cercanía, comunión e igualdad con Dios Padre, lo que es parte del fundamento de la doctrina trinitaria, la cual es un aspecto fundamental de la teología y fe de la Iglesia del Señor.

Finalmente, la declaración “y el Verbo era Dios” (καὶ θεὸς ἦν ὁ λόγος) es una de las afirmaciones más enfáticas de la divinidad del Mesías en todo el Nuevo Testamento. Aquí podemos despejarnos de toda ambigüedad, Juan identifica al Verbo como plenamente Dios en esencia y naturaleza, aunque distinto en persona del Padre. Esta afirmación establece el fundamento de una cristología mucho mas sofisticada, que será desarrollada a lo largo de los textos del apóstol.

Así, Juan ofrece una interpretación profundamente teológica y cristológica, revelando el carácter trascendente de Jesús, el Verbo eterno, Divino, preexistente, y encarnado al final de cuentas (Juan 1:14), para cumplir el plan de redención. Esta introducción no solo revela la trascendencia de los planes de Dios, sino también su amor eterno y compromiso total, manifestado en Cristo y dirigido a su Iglesia.

Que Dios siga iluminando a sus hijos, la Iglesia del Señor, con el poder de su Palabra, “para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él” (Efesios 1:17).

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