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 La importancia de la adoración sincera (Lucas 18:9-14)

Por: Hno. Guillermo Palestina

 





A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

Lucas 18:9–14.

 

Me parece muy oportuno el tema tratado en este versículo, específicamente sobre la perspectiva del Reino en relación con la importancia de mantener una actitud correcta en nuestro caminar con Dios. Es esencial desarrollar la capacidad introspectiva para evaluar sinceramente las intenciones de nuestro corazón en aquello que hacemos para el Señor, a fin de no engañarnos a nosotros mismos.

 

Alejarnos de una falsa espiritualidad basada en el orgullo de la autosuficiencia es crucial, ya que esta va en contra de los verdaderos valores del Reino de Cristo. Por otro lado, mantener una autopercepción adecuada delante de Dios y de nuestros semejantes (especialmente dentro de la Iglesia del Señor) es fundamental.

 

Reconocer la naturaleza pecaminosa de nuestra propia condición y, en ello, identificarnos con quienes nos rodean, es un paso necesario para colocar nuestro corazón en la actitud correcta para servir a Dios.

 

El orgullo alimentado por una piedad falsa, que deriva en prejuicio, egocentrismo y hostilidad, debe ser constantemente vigilado en nuestra vida personal. Dios toma en cuenta las actitudes y los sentimientos de los creyentes, más allá de sus demostraciones externas de religiosidad, porque son esas actitudes y sentimientos los que revelan las verdaderas intenciones del corazón delante del Señor.

 

Es importante destacar que: “Jesús no condenó las acciones en sí mismas del fariseo, sino la actitud orgullosa con la que las realizó”. Entendemos que, de haberlas hecho con humildad, habrían sido aceptadas por Dios, como lo hizo el publicano. En esto comprendemos que lo más sensato en nuestro caminar espiritual es buscar un equilibrio sano entre el conocimiento que tenemos de Dios y las intenciones sinceras de nuestro corazón, tal como el Señor lo enseña:

 

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello.

Mateo 23:23.

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