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El Precio del Discipulado (Lucas 9:23-27)

Por: Hno. Guillermo Palestina



Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará. Pues ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo? Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles. Pero os digo en verdad, que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios.

                                                                                                                            Lucas 9:23–27.

Desde el inicio, esta porción de la Escritura tiene una dirección personal y directa: “Si alguno quiere venir en pos de mí”; Es un llamado desafiante, no solo dirigido a los ministros, sino a todo aquel creyente que sinceramente desea seguir al Mesías. Aunque la salvación es, sin duda, por gracia, también demanda del creyente un compromiso radical y total.

Un aspecto fundamental para acceder al Reino de Jesús es la autonegación diaria: morir a nuestro yo, renunciar a nuestras propias ambiciones, deseos y ego en pos del Reino. Este llamado implica estar dispuestos a entregarlo todo por causa de Jesús.

El texto también es muy claro al mostrarnos que tal entrega por la verdad de Dios y su evangelio, lejos de traer reconocimiento humano, conllevará violencia, dolor y sufrimiento. Esto es, precisamente, lo que representa la figura de la cruz, la cual es un símbolo de entrega total, de oposición frontal al pecado que reina en el mundo; La praxis personal y ministerial de vivir conforme a esta verdad no concilia su esencia con la naturaleza pecaminosa del sistema de valores del mundo. Por eso, la respuesta natural del mundo ante una fe, como la que Jesús expone en este pasaje, es la agresión y la violencia. Esta es la reacción esperada ante una vida que desafía la oscuridad con la luz del Reino.

Todo aquel creyente que afirma seguir a Jesús, pero continúa persiguiendo la vanidad del mundo —siguiendo las corrientes de moda, las filosofías humanas o buscando el éxito bajo estándares seculares o incluso religiosos distorsionados— se está engañando a sí mismo. Su destino, si no se arrepiente, es la condenación. Por eso, es urgente reflexionar sobre nuestro caminar, arrepentirnos y tomar pasos firmes hacia una vida alineada con la voluntad revelada por el Mesías en este texto. Quien vive buscando solo lo suyo, guiado por el egoísmo, terminará perdiéndolo todo.

De hecho, cualquier persona —creyente o no— que le dé la espalda a estas palabras de Jesús, que las omita o las niegue con su forma de vivir, debe saber que el mismo Jesús lo negará en el día del juicio. Esta es una verdad innegociable dentro del pacto que hemos hecho con Dios.

Por eso, es tiempo de meditar profundamente en estas palabras. Descubriremos que constantemente estamos en deuda con este llamado del Señor. No nos queda más que reconocer la santidad del Creador, adorarlo con reverencia, arrepentirnos con sinceridad y mantener un enfoque diario en dirigir nuestros pasos hacia la paz que solo se encuentra al vivir conforme a esta realidad del Reino de Dios.

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