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Un solo cuerpo en el Mesías

(Gálatas 3:28)

Por: Hno. Guillermo Palestina



"Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús."

Gálatas 3:28

La declaración de Pablo no es simplemente un lema de igualdad ética o social; es una proclamación escatológica, radical y revelada por el Espíritu Santo sobre la nueva identidad del creyente en el Reino de Dios.

En Cristo se derriban las barreras étnicas y sociales que han dividido a la humanidad. Pablo, como fariseo educado y judío celoso de la Torá, no hace esta afirmación de manera ligera ni fuera de contexto, sino que es fruto de una revelación poderosa al proclamar que la salvación, que vino por medio de Israel, ha sido extendida ahora a todas las naciones, no como una sustitución, sino como una inclusión gloriosa a participar de las promesas de Dios.

De esta manera, en la teología neotestamentaria, el pueblo gentil creyente no reemplaza a Israel, sino que es incluido en el pueblo de Dios (Efesios 2:11-22). Conforme a la plenitud de la promesa hecha a Abraham: “en ti serán benditas todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3), dicha promesa encuentra su cumplimiento y revelación en la unión del pueblo creyente, tanto judíos como gentiles, en un solo cuerpo en el Mesías. Y aunque esto no fue fácil para la comunidad judía del primer siglo, lo vemos hecho realidad en la Iglesia primitiva descrita en el Nuevo Testamento.

Hoy en día, siglos después, vivimos una paradoja inimaginable. En nuestros tiempos, existen entre 350,000 y 500,000 judíos mesiánicos que creen en Yeshúa (Jesús) como Mesías y salvador, pero que permanecen en su gran mayoría alejados, ajenos y desconectados de la Iglesia de Cristo. Esto es, en parte, herencia de siglos de incomprensión teológica, antisemitismo eclesiástico y falta de una visión fiel a la Escritura en lo referente a la integralidad del Reino.

La Iglesia primitiva tenía como propósito fundamental mostrar que la pared intermedia de separación había sido derribada (Efesios 2:14). Sin embargo, en nuestros días, muchas veces esa pared persiste en forma de tradiciones y doctrinas eclesiales distorsionadas, desconocimiento y estructuras religiosas que, cargadas de prejuicios, pasan por alto uno de los objetivos principales de la obra del Mesías en el Reino de Dios.

Pues parte integral del propósito del evangelio fue hacer de los dos pueblos uno solo. Y si Pablo entregó su vida por esa causa (Romanos 15:8-12), ¿por qué hemos dejado de lado esta teología doctrinal fundamental? La Iglesia de Cristo, en su labor global, no debe ser indiferente a la necesidad de procurar y mantener su cercanía natural con el pueblo judío en general, y mucho menos con los judíos mesiánicos en particular. Y no hablamos de política o sionismo, sino del plano espiritual y teológico. De acuerdo al texto bíblico, más bien debemos extendernos en mutua comprensión, estudio y comunión. Como declara el escritor Judío Mario Sabán al acercarse a este tema, pues “En términos generales, un cristiano verdadero es éticamente judío y un judío es éticamente cristiano.

 La visión del Reino es la de una familia compuesta por toda lengua, tribu y nación, incluido el remanente judío que ha creído en Yeshúa. La Iglesia no está llamada a asimilar o gentilizar a los creyentes en Jesús dentro del pueblo hebreo, sino a reconciliar y cohabitar en la unidad del Espíritu. Por cuánto más valor tiene aún restaurar el puente entre creyentes que comparten la misma fe en Yeshúa HaMashíaj, Jesucristo.

 La Iglesia necesita redescubrir su vocación, marcada por el Espíritu Santo, de ser un solo cuerpo (judíos y gentiles creyentes) sin barreras, sin superioridad, ni reemplazo, sino con humildad y unidad. Gálatas 3:28 no borra nuestras diferencias culturales, sino que las redime en Cristo. Judíos y gentiles, esclavos y libres, varones y mujeres, todos somos uno en el Mesías.

 Este mensaje sigue siendo vigente y urgente. Que el Espíritu Santo nos mueva a orar, dialogar y actuar, para que el Reino de Dios, en esta comunión en particular entre judíos y gentiles creyentes, sea restaurado, reconciliado y visible en la tierra, conforme a la voluntad que el Padre expresó en Jesús, y por el Espíritu Santo, a través de sus apóstoles.

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