La Piedad que Dios mira.
Hay una realidad espiritual que debemos considerar en todo momento y es que "Dios no solamente mira lo que hacemos, sino también la intención que nace en nuestro corazón y que da origen a nuestras acciones." Los hombres pueden admirar nuestras obras, reconocer nuestros esfuerzos y elogiar nuestro servicio; sin embargo, delante de Dios, ninguna apariencia puede sustituir la sinceridad de un corazón que verdaderamente desea agradarle.
Jesús nos advierte que tengamos cuidado de practicar nuestra justicia para ser vistos por los hombres. El problema no está en que otros vean nuestras buenas obras, sino en que nuestro corazón las convierta en un medio para obtener vano reconocimiento, admiración o prestigio. Podemos hacer cosas aparentemente piadosas y, aun así, perder de vista el propósito fundamental que debería motivarlas.
Por eso, debemos aprender a poner atención constante y sincera en examinar aquella primera intención que surge en nuestro interior antes de actuar. Esa pequeña chispa que enciende nuestros pensamientos, orienta nuestras decisiones y pone en movimiento nuestras obras puede revelar mucho más de nuestra condición espiritual que la acción misma. Si nuestro deseo inicial es agradar al Señor, servir al prójimo y honrar su nombre, nuestras acciones encontrarán su verdadero sentido. Pero si buscamos alimentar nuestro orgullo, aun las obras más admirables pueden convertirse en expresiones de una piedad aparente.
La Escritura nos recuerda que "Jehová mira el corazón" - 1 Samuel 16:7. Cuando Samuel contempló a los hijos de Isaí, aprendió que la evaluación divina no sigue los mismos criterios que la humana. Mientras nosotros podemos dejarnos impresionar por lo visible, Dios conoce aquello que permanece oculto: las motivaciones, los pensamientos y los deseos más profundos. No podemos engañarlo con una apariencia de santidad ni impresionarlo con una abundancia de actividades religiosas.
Proverbios 16:2 nos confronta con esta verdad: "Todos los caminos del hombre son limpios en su propia opinión; pero Jehová pesa los espíritus". Es posible justificar nuestras acciones y convencernos a nosotros mismos, de que nuestros motivos son correctos; sin embargo, el juicio definitivo esta en manos de Dios y por tanto es indispensable que observemos con atención las intenciones de nuestro corazón constantemente. Por eso igualmente, necesitamos acercarnos a Dios con humildad, permitiendo que su Palabra examine lo que somos y nos lleve a una transformación constante capaz de alcanzar esa piedad que surge de la fe verdadera en nuestros corazones.
De esta manera podemos observar con claridad que la verdadera piedad, no consiste en hacer muchas cosas para que otros reconozcan nuestra espiritualidad, sino en permitir que una fe sincera produzca frutos que glorifiquen al Señor. Y de esta misma manera debemos administrar nuestro liderazgo para con aquellos que nos acompañan en el camino, debemos no solo reflejar, sino enseñar tanto con palabras, hechos y criterios claros a los que marchar junto a nosotros, que esta manera de servir a Dios es la correcta.
Por eso, antes de preguntarnos cuánto hemos hecho por Dios, conviene preguntarnos por qué lo estamos haciendo. Antes de buscar el reconocimiento de los hombres, examinemos si nuestras acciones nacen de un corazón rendido al Señor. Y antes de sentirnos satisfechos por nuestros logros espirituales, permitamos que Dios pese nuestras intenciones.
La piedad que Dios mira comienza en el corazón, se manifiesta en una motivación sincera y da fruto en una vida que busca agradarle por encima de cualquier reconocimiento humano.
En este sentido cabe la oportunidad para preguntarnos: ¿Si nadie reconociera lo que hago, seguiría haciéndolo con el mismo cuidado, amor, la misma entrega y la misma fidelidad delante de Dios? o ¿existen cosas que dejaría de hacer?
