La victoria verdadera es el amor
“Nada se conquista sino por la verdad, y la victoria verdadera es el amor”.
Si la verdad de lo que Dios es y lo que ha hecho por nosotros y para nosotros no puede convencer a un ser humano de la necesidad imperiosa que tenemos de Él, entonces realmente nada puede hacerlo.
A través de conocerle a Él y su bondad, reconocemos el amor verdadero; y al reconocer este amor, solo entonces podemos responder con el amor sumiso, tierno y obediente que Él merece de sus siervos: los que creemos a la Palabra, esto es, Cristo Jesús, de quien el Espíritu Santo da testimonio en nuestros corazones.
Así, de manera coloquial, decimos que maduramos en la fe conforme nuestro corazón va comprendiendo cada vez más y mejor la presencia, la obra y el amor del Señor.
A esto se refiere el texto que dice:
“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”.
(Efesios 3:14–19)
