"El Dios que ve"
Hay momentos en la vida en los que nuestras aflicciones parecen pasar inadvertidas, nuestras limitaciones nos hacen sentir incapaces y la soledad nos lleva a pensar que estamos caminando sin compañía. Sin embargo, Éxodo 3:1-12 nos recuerda una verdad profundamente consoladora: Dios no solamente ve nuestras circunstancias; también conoce nuestro corazón y actúa conforme a su propósito soberano.
Cuando Dios llamó a Moisés desde la zarza ardiente, le reveló que había visto la aflicción de su pueblo, escuchado su clamor y conocido sus angustias (Éxodo 3:7-9). El Señor no era indiferente a su sufrimiento. Su atención era personal, cercana y activa. De la misma manera, Dios conoce nuestras luchas, nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras intenciones y aun aquellas cargas que no sabemos expresar con palabras. Ninguna lágrima pasa inadvertida ante Él, ni nuestras debilidades le impiden cumplir sus propósitos.
Lo sorprendente es que Dios no solamente observa la necesidad: también llama a personas para participar en su respuesta. A Moisés le dijo: "Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón" (Éxodo 3:10). Pero Moisés no se sintió preparado; por eso preguntó: "¿Quién soy yo para que vaya a Faraón?" (3:11). Su mirada estaba puesta en su propia insuficiencia, mientras que Dios dirigió su atención hacia una verdad mayor: "Ve, porque yo estaré contigo" (3:12).
La seguridad del llamado divino no descansa en la suficiencia de la persona enviada, sino en la presencia fiel del Señor en el proceso. Dios no eligió a Moisés porque este fuera invulnerable, autosuficiente o superior a los demás. Lo llamó para que aprendiera a depender de Aquel que lo enviaba. Así también, el Señor puede tomar nuestras capacidades limitadas, nuestra historia y aun nuestras experiencias dolorosas, y convertirlas en instrumentos de su servicio, no para exaltar nuestra grandeza, sino para manifestar la suya.
Jesús reafirmó esta verdad al declarar: "No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros" (Juan 15:16). Pablo, por su parte, recordó que Dios escogió lo débil y lo menospreciado del mundo para que nadie se gloríe en su presencia (1 Corintios 1:27-29). Por tanto, servir a Dios no significa carecer de debilidades, sino aprender a caminar por fe, obedeciendo su Palabra y confiando en su poder.
Esta fe verdadera no es una fórmula para obtener éxito personal ni una garantía de que desaparecerán todas nuestras tribulaciones. Es la confianza perseverante en el Dios que llama, acompaña y sostiene, aun cuando el camino resulte difícil. Por su gracia, nos permite participar en su obra y, finalmente, compartir la esperanza de su triunfo conforme a sus promesas.
Quizá hoy nos sintamos insuficientes, olvidados o incapaces de responder a lo que Dios pone delante de nosotros. Recuerda que el Señor conoce nuestros corazones mucho mejor que nosotros mismos. Por tanto, no midas tu utilidad por tus fuerzas ni tu futuro por tus limitaciones. Examina tu vida delante de Él, arraiga una fe sincera dentro de ti y responde con obediencia a su llamado. Dios no necesita que finjas ser fuerte; Él requiere que aprendamos a confiar en Su Presencia y Su Poder, que sobrepasa todo entendimiento, ciencia y sabiduria.
La pregunta correcta no es "¿quién soy yo?", sino "¿quién es el Dios que va conmigo?". Porque cuando Él llama, su presencia nos acompaña, su poder va delante de nosotros y si creemos con fe verdadera el triunfo esta garantizado y va mucho más allá de lo que pensamos o imaginamos.
